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El negro Obdulio: Revisitando el Mito

(Fuente: El País Digital)


Retirado del fútbol, Obdulio nunca quiso fama; fue siempre fiel a un estilo un tanto hosco y descreído

Lo que sigue es el extracto de una nota publicada en 1974 por la revista argentina Siete Días. Su autor fue el entonces corresponsal de esa publicación en Montevideo, Antonio Mercader, más adelante ministro de Educación y Cultura de Uruguay en dos ocasiones (1992-1995 y 2000-2002).

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Rio Janeiro, estadio Maracaná, 1950. Final del mundial de fútbol. A los cinco minutos del segundo tiempo Brasil hace su primer gol ante Uruguay. Doscientos mil espectadores saltan de alegría. Afuera, setenta millones de brasileños desencadenan al grito de Brasil campeao do mundo. Los locales, amplios favoritos, se coronan con un empate; este gol es el triunfo. En la mitad de la cancha, los delanteros brasileños esperan volver al juego para triturar a sus rivales. La escena está lista: el león se relame antes de zamparse al ratón.

Segundos antes, un negro grandote, con el número cinco en su espalda celeste, sacó la pelota de su arco y la apretó bajo el brazo. Pidió un intérprete, conversó con el juez inglés y con el línea suizo. Los speakers ululan amenazas. El gol brasileño es inobjetable. Pero el capitán uruguayo, sin soltar la pelota, discute, gesticula, habla con sus compañeros. Pasan tres largos minutos entre silbidos y abucheos, hasta que al fin, con cierto aire perdonavidas, el negro pone la pelota en el centro de la cancha. Y luego, volteando la cabeza hacia los suyos, pide un imposible: ¡Ahora a ganarle a estos japoneses!

Es un caso único en la historia del fútbol: una actitud desafiante y un grito descabellado. Después, cesan el matraqueo y el batuque. Los brasileños presienten el drama y éste llega, media hora después, cuando Uruguay, que ya empató, convierte el segundo gol y le arranca a Brasil el título mundial. El propio Jules Rimet, con la copa en la mano, no sabe a quién entregársela: nadie previó el triunfo uruguayo. Luego, Brasil llora, reprocha, analiza y aprende la lección. Gana tres campeonatos y se queda con aquella copa. Uruguay, en tanto, se queda con su héroe, el padre del maracanazo: Obdulio Jacinto Varela, centrojaf, caudillo de la celeste, Obidulio para los brasileños, Jacinto para los amigos. A veinticuatro años de la hazaña vale la pena conocer a este hombre.

¿FAMA? Vive en un chalé de dos plantas, tejas rojas y jardincito al frente, en Villa Española, un barrio de Montevideo. Tiene 57 años, dos hijos, dos nietos y un baúl lleno de trofeos. "¿A qué se debe su visita, caballero?", pregunta entre zumbón y desconfiado a través de la puerta entornada. "Una entrevista, Obdulio", contesta el intruso ante un dueño de casa que frunce el ceño, titubea y finalmente cede.

Desde que volvió de Maracaná le huye a la fama. En 1950 bajó del avión en Carrasco, pidió un sombrero y se lo calzó hasta los ojos; levantó las solapas del impermeable y así camuflado se escurrió entre la gente. Se aisló, rehuyó a los periodistas que sitiaron su casa y durmieron en la vereda, esperándolo. Todavía sigue en la misma. "¿Entrevistas? ¿Para qué?". Pero Franklin Morales, que me acompaña, lo convence y termina por hablarnos.

La casa está fría. La tele está prendida en el estar. Obdulio estaba mirando una serie de El Zorro cuando lo interrumpimos y ahora sigue con los ojos clavados en la pantalla, de pie, junto a la heladera. "No sirve hablar, no me interesa, ya no voy al fútbol, estoy retirado", intenta defenderse. El mismo físico, algún kilo más, casi un metro ochenta, aunque encanecido sigue siendo el hombretón fornido que imponía respeto en el medio campo.

"No engordé, no, la cosa no está para engordar. Hace tres años me jubilé del casino, así que lo mío es esto, quedarme en casa, tranquilo, y más con este frío". Trabajaba en la ruleta del Parque Hotel y había gente que entraba no a jugar sino sólo para verlo. ¿Por qué no siguió en el fútbol?, le pregunto. "Después que me retiré como jugador, acepté un día volver de técnico. Ahí metí la pata. Un dirigente me dijo una vez que el cuadro debía empatar y ahí me di cuenta que estaba de más y largué el fútbol para siempre".

Los tiempos habían cambiado, había llegado el fútbol espectáculo, no el de corazón, y el hombre que embolsó apenas 2.500 pesos por ser campeón mundial, se alejó de las canchas, indignado con los dirigentes. Su inquina hacia ellos está intacta.

DE PALO. "La gente cree que en Maracaná todos cincharon parejo porque después todos llevaron medallas. De oro para los dirigentes, de plata para los jugadores. Si le cuento que antes de la final, uno de ellos me dijo, mire Obdulio, lo principal es que esta gente no nos meta seis goles. En el vestuario hubo instrucciones parecidas: muchachos, de guante blanco, con jugar la final ya cumplimos". Obdulio y sus compañeros no estaban en esa. Cuando el capitán los reunió en el centro de la cancha, al comienzo del partido, dicen que les dijo aquella frase: Los de afuera son de palo, cumplidos sólo si somos campeones". Así lo contaba Alcides Ghiggia, el que hizo el gol que acalló Maracaná.

—Obdulio: ¿Ya no le interesa el fútbol?

—Hace mucho que no me interesa. Ya ni camino cerca de las canchas, ni siquiera lo veo por televisión.

—¿Ni siquiera el Mundial?

—No, ya le dije. Dígame: habiendo temas lindos para un periodista ¿por qué pierde el tiempo conmigo?

—Para muchos no es perder el tiempo.

—Están locos, Maracaná, Obdulio, el fútbol uruguayo, todo eso terminó.

—Aún se habla de Maracaná...

—... Se habla, pero nadie dice la verdad. Aquello fue una casualidad, el fútbol está lleno de casualidades. Para qué seguir con eso con los problemas que tenemos.

—¿Ud. tiene problemas?

—Los problemas de todos. Son tiempos bravos estos ¿no cree?

—¿Siempre es tan pesimista?

—Llámelo como le guste. Cada uno en lo suyo.

—¿Qué es lo suyo?

—Quedarme en casa, tranquilo, que no me molesten.

—Pero la gente no lo olvida, lo invitan, quieren verlo.

—¡Bah!, la bulla nunca me gustó. Si me llaman para algo que sirve acepto. Lo que no quiero es andar por ahí haciendo el japonés ¿me entiende?

—¿Qué me dice de Ghiggia?

—¿Qué le pasa?

—Que a los cuarenta y tres años vuelve a jugar.

—Está loco. Va a correr una pelota y se le va a parar el corazón.

—Ud. jugó hasta los treinta y ocho...

—Jugué mientras pude rendir. Cuando las piernas no dieron más, largué.

EL MITO. Todavía hoy, en los pueblos al norte de Uruguay, los pleitos fronterizos se caldean cuando del lado sur alguien vocea: "Acuérdense de Obdulio, de Maracaná". Si bien el mito sobrevive ya no es la obsesión de otrora. El propio Obdulio, con esa mezcla de nihilismo y pata a tierra, hizo mucho por demolerlo al hablar siempre de la casualidad de ese triunfo, de las exageraciones. La euforia que siguió a la hazaña marcó los años cincuenta, al punto que Mario Benedetti, en un ensayo sobre Uruguay, escribió que "en Maracaná se ganó sin merecer ganar", coincidiendo así con Obdulio.

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(Reflexión final, año 2005. Tesis discutible la de Varela-Benedetti porque en la humilde opinión de este cronista, en Maracaná merecimos ganar y no por recios o pícaros sino por la calidad. El once uruguayo tenía algunos de los mejores jugadores del mundo. Schiaffino, Ghiggia, Míguez, Julio Pérez jugaban bien, eran profesionales, se entrenaban, eran inteligentes. Tenían más habilidad que fuerza, pero el Uruguay de los cincuenta prefirió más forjar el culto del coraje. Había un motivo para hacerlo, uno: Obdulio. Su gesto fue importante. Sin embargo, por grande que haya sido Obdulio en la final, se ganó sobre todo por la clase, la preparación de los jugadores, aunque el Uruguay siga creyendo que todo fue fruto de la improvisación, la viveza y la dichosa garra. Esa fue la lección errada que se extrajo de Maracaná y que tanto mal le hizo —y aún le hace— al fútbol uruguayo y quizás, quizás, al país entero).

Antonio Mercader

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