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La Historia Llora
Se fue Oscar Omar Míguez, campeón mundial de 1950, y jugadas de
antología, como el "mondonguillo",
la "chilena" y la "bicicleta" no encuentran consuelo
(Fuente:
El País Digital)
No murió. Más alla de que siga vivo, eternamente, en la mente, el
corazón, y cuando menos en el reconocimiento, no sólo de todos los
que lo siguen queriendo, y que son muchísimos más que los varios
centenares de personas que ayer lo acompañaron hasta su última
morada en el Panteón de los Olímpicos en el Cementerio del Buceo,
sino de la gran mayoría de la gente, lo que pasó con "el Omar" -como
fue siempre, crack y campeón con Peñarol y con la celeste- tiene que
haber sido diferente.
"Insuficiencia cardíaca", dijeron. Y aunque es una falta de respeto
dudar de la fría asepsia de un dictamen médico, lo de "el Omar" fue,
pura y simplemente, que allá arriba, en la gloria, "El Negro Jefe"
(Obdulio Varela), Roque (Máspoli), el "Pata Loca" (Julio Pérez), el
"Pepe" (Schiaffino) y el "Cato" (Tejera) pisaron, como se hacía
antes en los "potreros" de barrio como los que su fútbol encarnó
desde los tiempos de finales de la década del 30 y comienzos del 40
en los que jugaba en su querida y jamás abandonada calle Isabela, y
lo eligieron.
"El `Omar` es con nosotros", deben haber dicho, y lo eligieron.
Entonces, Oscar Omar Míguez se fue. Llevándose consigo su
trayectoria. Sus títulos. Su personalidad única, de rasqueta
rebelde. Firme y serio, pero a la vez tierno.
No en balde fue el "centrofóbal" de dos de las delanteras más
memorables del fútbol uruguayo de todos los tiempos: "la máquina" de
Ghiggia, Hohberg, Míguez, Schiaffino y Vidal del Peñarol del 49, el
ataque celeste de Ghiggia, Julio Pérez, Míguez, Schiaffino y Morán
de la final de Maracaná en el Mundial de 1950.
Genio y figura, no sólo fue quizá uno de los últimos
centrodelanteros que, por su enorme capacidad técnica e
inteligencia, llegaba al área rival jugando "desde atrás", sin
querer ni necesitar apelar al recurso de la fuerza.
"El Omar", como fue siempre para todos sus congéneres del 50, desde
Obdulio, que lo trataba de usted, hasta el "Ñato" Ghiggia, que lo
tuteaba porque llegaron a juntos a Peñarol desde las inferiores de
Sud América, fue el cultor más empedernido -y por qué no,
caprichoso- de la "chilena", y sino el inventor, también el más
visceral adicto al "mondonguillo", que antiguamente era la manera
como se le llamaba a la jugada en la que se le pegaba a la pelota de
puntín, pasando un pie -igual que si fuese un taco de billar- por
detrás de la otra pierna, cuando no se le ocurría hacer lo que sí
patentó Enrique Fernández: "la bicicleta", que era venir a la
carrera, amagar con pisar la pelota y, con un movimiento similar a
un pedaleo, seguir corriendo.
En su fútbol, "El Cotorra" -que era su otro apodo por el genio-
tenía todo eso y lo desplegaba como lo haría un mago, sacando
conejos y pañuelos de todos los colores de adentro de una galera.
Así lo hizo, por ejemplo, en la fantástica tarde del `53 en la que
Uruguay le ganó con una magistral actuación en el Centenario a los
entonces maestros ingleses. Y así, también, por pertenecer a esa
escuela, fue como continuó amando al fútbol aunque con los años no
siguió yendo a verlo y cosechó amigos y admiradores en todas las
camadas de figuras que le sucedieron.
Por eso, era el amigo entrañable del ecuatoriano Alberto Spencer. Y
de Jorge Fossati. Y del "Maño" Ruiz, que a su vez lo idolatraba
desde las épocas que era un "gurí" salteño. Lo dijo el Dr. José Luis
Corbo ayer, en la sobriedad de su discurso en el Cementerio del
Buceo: "Aún desde su casa, lo queríamos en la AUF como un maestro;
no nos dio el tiempo..."
Es que "El Omar", sin proponérselo, fue un espejo. Muy particular.
Muy personal. Empezando porque a él también se lo quisieron llevar
como a Ghiggia, al "Pardo" Abbadie y al "Pepe" Schiaffino para
Italia, insistentemente, durante los 6 o 7 primeros años de la
década del 50. Y no agarró viaje. Nunca quiso irse de la calle
Isabela. De sus afectos. De aquellos jueves que disfrutaba como
loco, cuando todavía jugaba, yendo en su entonces moderna camioneta
"Commer" junto con Roque (Máspoli), a la largada de los 1.400.
Por todo eso, pues, es que no murió. Lo que pasó, simplemente, tal
como lo debe haber entendido el "Ñato" Ghiggia con su mirada
profunda, casi perdida, ayer en el Cementerio, es que el "Pepe", el
"Cato", el "Pata Loca" y el "Negro Jefe" pisaron -como lo hacían los
botijas para formar los cuadros antes de empezar los partidos en los
"potreros" y lo eligieron.
"El Omar es con nosotros", dijeron. Tal vez les faltaba un "centrofóbal"
a la antigua, que jugara, que hiciera chiches, aunque supieran que
él, empecinado y caprichoso con que le saliera la jugada que se
proponía hacer en un día y un partido cualquiera, fuera capaz de
hacer como hizo con Ghiggia en la final del Mundial del 50, que
cuando lo abrazó por el gol de la victoria de Maracaná, ¡igual le
reprochó que no le hubiera metido el pase al medio!
"El Omar" era ése. Quería ganar, por supuesto. Pero también "hacer
un "mondonguillo", una "chilena", una "bicicleta". Con seriedad. Con
respeto. Por la esencia lúdica del juego.
Por eso mismo, a fin de cuentas, es que -también amigo de sus
rivales, como Aníbal Paz, como "Ciengramos" Rodríguez, por ejemplo-
el "Pepe", el "Cato", el "Pata Loca" y el "Negro Jefe" lo eligieron.
Y aunque la historia lo llora, Oscar Omar Míguez se fue para siempre
con ellos.
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